Si con frecuencia
denunciamos la falta de tradición y sistematización en la producción
teórica relativa a los hechos sonoros y musicales que acontecen en la
puesta en escena, mal podríamos de buenas a primera, indicar alguna
filiación a tal o cual método de abordaje para la composición musico-escénica.
En una primera instancia, disponer los materiales en un todo, con cierta
coherencia e inteligibilidad, podría definir tanto a la composición
musical como a la de cualquier otro de los sistemas convocados, aún
como disciplinas no teatrales. En segunda instancia, elegir como principio
de ordenamiento entre las premisas que dicta la tradición, o la propia
intuición, o incluso ser o no conscientes de ambas sería, en todos los
casos, optar explícita o implícitamente por un procedimiento, es decir
por un método.
Sea como fuere, no se podría hablar de inteligibilidad, sin mediar alguna
coherencia procedimental y, nuevamente, sin un conocimiento de los materiales
sonoros y musicales pertinentes para lo escénico, ésto es, mediante
una selección acorde con objetivos funcionales, con presupuestos
enunciativos y estrategias de recepción. Si este tipo de
premisas metodológicas en relación con el mundo sonoro de la
obra no fueran estipuladas de manera más o menos sistemática, ya sea
desde un guión de la puesta en escena, o enunciadas por el músico mismo
o por un estudio semiótico específico -de hecho, es particularmente
muy raro que esto ocurra-, incluso así, podrían ser recuperadas en alguna
medida por el análisis crítico. Pero, ¿Existen herramientas suficientes
como para ello?, ¿podría aún esta lectura especializada dar cuenta acerca
de un método musicoescénico particular, reconocible entre otros?
En esta especificidad de lo musical dentro de lo teatral, tan poco deudora
de alguna epistemología en donde fundar bases mínimas, tal vez el mejor
punto de partida para la elección de cualquier método sea el hecho de
tomar verdadera conciencia de su situación como integrante de los sistemas
de signos allí involucrados, más allá de los respectivos orígenes e
incumbencias disciplinares extra-escénicas. La ventaja de esta decisión
consistiría en el aprovechamiento de todo un cuerpo teórico basado en
los conocimientos de quienes han abierto camino en el terreno de la
semiótica teatral, en especial porque, a pesar de la importancia de
esos estudios, lo sonoro/musical es, todavía unos de los aspectos más
escamoteados o incompletos a la hora de la teorización.
Siguiendo esta premisa, y a manera de anclaje conceptual para intentar
un ordenamiento metodológico, se podría comenzar aceptando como principal
supuesto, el que los signos teatrales compartirían principios mínimos,
como los que categorizara el denominado Círculo de Praga en la
década del '30, y que se podrían resumir en tres (De Marinis, 1997)
(1) : principio de artificialización
(o semiotización), principio de funcionamiento connotativo
y principio de movilidad.
Tener en cuenta tales principios para el análisis de la producción y
recepción de lo sonoro/musical escénico implicaría:
· en el principio de artificialización, entender a todo objeto
(o fenómeno) sonoro como portador, voluntario o no, de significación
dramática por el sólo hecho de estar en el espacio-tiempo escénico;
· en el principio de funcionamiento connotativo, aceptar que,
hasta las estructuras sonoras más ascéticas y asépticas, puestas allí
a significar, entrarían en colisión recíproca con los diferentes sistemas.
En consecuencia, no importaría sólo lo que estas estructuras sonoras
en sí mismas denotaren sino, en especial, las connotaciones que en múltiples
cadenas se activarían a su paso, por el roce con los demás significantes;
· en el principio de movilidad, y a pesar de que en el signo
musical no es tan pertinente intentar particiones del tipo significante
/ significado, o expresión / contenido, su capacidad para:
a) el intercambio funcional con los otros signos (por ejemplo,
la descripción de una época, como contenido que puede ser expresado
tanto por la música como por cualesquiera de los demás sistemas),
b) la polivalencia, tal que "en distintos contextos o circunstancias,
puede asumir no sólo diferentes significados (lo que es propio de cualquier
tipo de signos, no solamente de los teatrales), sino que también puede
desempeñar distintas funciones y roles..." (por ejemplo, un motivo musical,
o el ruido de un disparo), "...puede convertirse en un sujeto activo,
un 'personaje' en definitiva, al mismo nivel que un actor de carne y
hueso" (2) .
Según estas premisas, lo sonoro/musical en el espacio-tiempo escénico
estaría en condiciones no sólo de autosignificarse sino de cumplir una
función referencial, significando una cosa otra, aunque ésta
fuera la nada e, incluso, aunque no se lo propusiese.
Así es que, componer para teatro propiamente dicho (al igual que si
fuera para ópera, pero también para danza y cine), permite al músico
tener acceso a un espacio donde es central la problemática del referente,
independientemente de que con éste se quiera evocar un objeto concreto
o una abstracción, tal como ocurriera en el S XIX con las piezas sinfónicas
programáticas. La diferencia radicaría en que, a pesar de que en el
teatro contemporáneo los enunciados musicales no necesitan ser programáticos
(salvo que se lo desee), la presunción de referencialidad adquirida
en este entono, los alcanzaría como si se tratase de cualquier otro
tipo de objeto, independientemente de que hubieren surgido dentro de
la ficción o en forma paralela, o de que se tratare de música original
o preexistente.
Ésto no quiere decir que lo referencial sea el único objetivo funcional
en la música para teatro, ni que su posible evocatividad dependa únicamente
de la pregnancia de los textos sonoros. La significación teatral no
surgiría de uno solo de sus sistemas, en forma independiente de los
otros -ya que, para la recepción, no existiría tal partición- (Pavis,
1996) (3) , ni tampoco podría surgir sin
el concurso del espectador que es en quien, en definitiva, se concretizaría
tal evocación.
En el hecho escénico entonces, las músicas no son necesariamente evocadoras
sino que, la propia situación de comunicación en la que están
insertas las obliga a connotar a (o a ser connotadas por)
los demás significantes escénicos, de la misma manera que les permite
resaltar u ocultar su mecanismo de enunciación, o sea, mostrar que están
significando algo o significar sin demostrarlo. Este fenómeno permitiría
que el receptor, según sus expectativas y competencia, asocie al hecho
sonoro significaciones y evocaciones que quizás la estructura sonora
en otro contexto no denotaría. En otras palabras, en la creación musicoescénica,
siempre que ésta no sea formulada como un encargo independiente o ajeno
a la génesis de la puesta, no podrían ser eludidas las condiciones contextuales
que dan marco y significación a los texto sonoros. Ésta sería una base
segura sobre la cual elaborar cualquier método con cierta eficacia.
Estaría claro entonces que existen premisas que subyacen en las convenciones
generales de lo teatral y que tienen que ver con aspectos que hacen
a su naturaleza tan multidisciplinar como global, tan presencial como
artificial, premisas que, a su vez, preceden a las convenciones más
particulares de una puesta en escena y que, por lo tanto, guiarían como
huellas a los procedimientos poéticos específicos, en este caso a los
del espacio sonoro teatral. De esta manera todo entorno espectacular,
al definir su estatuto, podría establecer una relación dialéctica con
la proyectación del artificio sonoro/musical, tal que permitiera a éste
ajustar y autorregular sus ordenadores en función de un acuerdo base
como presupuesto teórico a partir del cual encarar sus problemas metodológicos
y técnicos.
Esto significa que para diferentes montajes, las variantes en cuanto
a estrategias y ordenamiento procesual por parte del músico o del encargado
de la construcción y musicalización del espacio sonoro, dependerían
no sólo de una comprensión del proyecto de puesta en escena, en donde
su producción compartiría una cosmovisión que le daría fundamento estético:
la elección de un método de trabajo depende también del grado de participación
y de decisión que a este especialista se le otorgare en tanto que diseñante,
ésto es, de acuerdo con la modalidad de la dirección de puesta en cuanto
sistema productivo y creativo, más o menos centralizado, más o menos
colectivo.
Así, cualquier metodología musicoescénica sería apropiada, siempre y
cuando pudiera presentar soluciones desde su artificio a problemáticas
puntuales específicamente dramatúrgicas, basadas en gran parte en aquella
tensión que se origina entre las diferentes estéticas teatrales occidentales
y que tiene que ver con la necesidad de interrumpir o potenciar su capacidad
de mímesis, de presentar o re-presentar sus objetos, es decir, de ser
un signo en la escena o, como diría Umberto Eco (1972), de tener
que fingir serlo (4).
Tal vez esta certeza cobraría más espesor aún si se tuviera en cuenta
que la situación de todo hecho musical extra-teatral (a excepción, claro
está, de la práctica operística) carece de esa dualidad que caracteriza
al hecho teatral, ésto es, el problema de la presencia escénica al ser,
a un mismo tiempo, real y artificial. Para el músico no ligado al teatro,
un método de composición musical casi nunca excede los límites de lo
que concierne al texto sonoro como enunciado, y muy excepcionalmente
se ocupa de su enunciación o, en todo caso, no más allá de las indicaciones
de tipo técnicas en función de la manipulación instrumental. Es que
en la tradición académica occidental, la música propiamente dicha no
se re-presenta, puesto que no es ficción, sino que se presenta,
como en el concierto. Incluso se trata que, en lo posible, carezca de
connotaciones en cuanto a referentes extramusicales. Más aún, aquéllos
que reconocen la posibilidad de la total existencia de la obra únicamente
en el contenido fijado en la partitura, hasta suelen discutir acerca
de su necesidad o no de ejecución física.
De allí que para el músico sea significativo, esclarecedor y, en definitiva,
un punto de referencia a la hora de pensar en metodologías para la producción
escénica, el hecho de comprender aquella ecuación de la misma denegación
teatral la cual, aplicada a la composición determinaría, al mismo tiempo
que en los demás signos, que tanto la obra musical cuanto su performance,
podrían ser reales o artificiales, sólo dependiendo de la intención
estética de la puesta en escena el grado de realidad o de artificialidad
de dichos hechos sonoros, en la medida que éstos se presenten o se re-presenten,
pero también -dando una vuelta más de tuerca-, en la medida que finjan
presentarse o re-presentarse. Cual si se tratara de un malentendido
a cuyo juego se entrega el espectador, la denegación permitiría a los
enunciados sonoros / musicales, aún los ejecutados dentro del espacio
escénico y en vivo, que puedan jugar a ser quienes son, o a quienes
parecen ser.
Referencialidad, artificialidad, funcionamiento connotativo, intercambio
funcional, polivalencia, denegación, son entonces, algunos tópicos parametrales
que iluminan y ordenan, como categorías, las hipótesis del pensamiento
musico-escénico, más allá o antes de cualquier operación poética, y
por lo tanto útiles en el momento de la elucidación y selección metodológica
apropiadas para un proyecto escénico.
(1)
De Marinis, Marco, Comprender el teatro. Lineamientos para una
nueva teatrología, Colección Teatrología, dir. Pelletieri, Osvaldo,
Buenos Aires, Editorial Galerna, 1997, pp. 19 y 20.
(2) Íbid.
(3) Según Pavis, "para la fenomenología, la percepción del
acontecimiento espectacular es global, lo que convierte cualquier segmentación
semiológica en algo absurdo..." y, citando a Bert States,
agrega al respecto, que esa segmentación "... diseca necesariamente
la impresión perceptiva que el teatro produce en el espectador".
(Pavis, Patrice, El análisis de los espectáculos. Teatro, mimo,
danza, cine, Barcelona, Paidós Comunicación 121, 2000, p. 32.)
(4) Umberto Eco ejemplifica esta situación cuando dice: "el
signo teatral es ficticio (…) porque finge no ser un signo". (Eco,
Umberto, "Parámetros de la semiología teatral", Mesa Redonda en
el XXI Festivale Internazionale di Prosa. Venecia, 1972, en Helbo, André
et alt., Semiología de la representación teatral. Teatro, televisión,
comic. Colección Comunicación Visual, Barcelona, Editorial Gustavo Gili,
1978, p.47)